Año 134 d. C., Villa Adriana, Tívoli, Italia.
Tal era el amor que el emperador Adriano sentía por su amado Antínoo, que encargó miles de esculturas para honrar su memoria tras su muerte. Al igual que los contornos de una estatua, la presencia física y espiritual del cuerpo se define mediante una silueta perfumada. Aquí vemos al emperador recordando a su amado: su tacto y su aroma, la cálida fragancia de su piel, el suave almizcle en la nuca. Rindiendo tributo al ser amado, como lo hizo Adriano con Antínoo, esta fragancia captura el recuerdo de la piel, evocando intimidad y cercanía, y perdura en nuestros corazones y mentes como un aroma idealizado.
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